
De la Oscuridad de la Brujería a la Fe que Sana
Después de una tarde de evangelismo en la ciudad de Potosí, el pastor Eulalio nos pidió visitar a la madre de un nuevo creyente de la iglesia para compartir el Evangelio. Cuando llegamos a la casa de Doña Olivia, ella estaba muy triste debido a un dolor constante en su brazo que llevaba ya muchos días. Después de conversar con ella y hablarle acerca de Jesús, comenzó a confesarnos que, desde generaciones atrás, su familia acostumbraba a visitar brujos y curanderos.
Tras la muerte de sus padres, había empezado a tener pesadillas y a sentir un temor inexplicable, por lo que había estado visitando diferentes curanderos tanto para sanar sus constantes dolores, aliviar sus miedos y para “bendecir” su casa. Nos contó que había dado dinero para ofrecer una k’oa (un acto de ofrenda a la Pachamama para “bendición”), además de diferentes rituales, pero hasta ahora habían sido inútiles. El miedo en su corazón seguía, las pesadillas y los dolores, por lo que en este punto sentía que solamente desperdiciaba cada vez más dinero con personas que no le daban una salida real a su situación, la cual solo empeoraba.
Después de haber gastado tanto de manera infructuosa, había perdido la fe en lo que había sido la tradición por muchas generaciones en su familia. Nosotros le hablamos acerca de Jesús, de cómo Él había venido a llevar nuestros pecados y enfermedades, y de que, lejos de exigir un pago, Él mismo había dado con Su muerte el pago por nosotros, y que ahora ofrecía perdón y salvación gratuitamente.
En ese momento ella se quebrantó al escuchar sobre la bondad de Dios y entre lágrimas nos dijo que quería entregar su vida a Cristo, así que oramos para que recibiera a Jesús, y al terminar de orar un gozo grande inundó a la hermana Olivia.
Nos abrazó con mucha fuerza, y nos agradecía una y otra vez entre pequeños saltos de felicidad diciendo que se sentía libre. Después de eso, entró a su cocina y nos compartió un plato de “lagua”, un guiso o sopa de harina de maíz tradicional; comimos juntos agradeciendo a Dios y al terminar, nos dijo que sentía como el dolor de su brazo se había desvanecido poco a poco. Ahora, nuestra hermana iniciío un nuevo camino en la fe, creciendo en el Señor.
No importa por cuántas generaciones una vida a cargado con cadenas de maldición, cuando alguien se entrega a Cristo, la libertad es absoluta, una libertad que sana tanto el corazón como el cuerpo.


